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martes, 25 de febrero de 2020

La atención como función de la mente

Una de las más preciosas funciones de la mente es la atención, pero en la mayoría de las personas está muy debilitada y dispersa. Para ello hay varias razones:
descuido de la mente, negligencia y mecanicidad al pensar, hablar y actuar. La mecanicidad, si no refrena, se incrementa en grado alarmante y nos convierte en un yo-robótico, induciéndonos a una especie de somnolencia psíquica, donde nos dejamos arrastar por nuestras asociaciones mentales maquinales, reacciones emocionales, apegos y odios, miedos y tendencias egocéntricas. Nos volvemos como una hoja a merced del viento de las influencias tanto internas como externas, sirviéndonos de una mediocre atención también mecánica y que pierde brillo, en lugar de ganarlo, con el paso de los años. Sin embargo la atención es importante que sé la ha considerado uno de los más esenciales factores de iluminación y ha sido denominada la lámpara, gema o llama de la mente, declarando Buda que es:

"todopoderosa en cualquier momento y circunstancia"

En el Dhammapada podemos leer:

"El que ésta atento está vivo, pero el que no es como si ya estuviera muerto".

El sabio Santideva dice que una mente sin atención es como un colador y nos insta a que esté en guarda a la puerta de los sentidos.

Tenenos que cultivar metódicamente la atención para desarrollarla y que nos ayude a disponer de una perceptividad más viva, una comprensión clara y profunda y la capacidad de conectar con el momento inmediato. La atención bien entrenada es un filtro de la mente, así como su guía y su custodio. La atención tiene, además, un gran poder transformativo, pero se trata de la atención, voluntaria, consciente y vigilante, o sea aquello que se consigue mediante una práctica persistente para darnos cuenta de lo que es lo que somos, de lo que viene de afuera y de lo que procesa dentro de nosotros. Para hacernos más conscientes tenemos que estar más atentos. La atención nos conecta con la realidad presente, le confiere a todo su peso específico y, como dicen los maestros yen, consigue que el color sea más color y el sonido más sonido, y en suma, la vida más vida. Nos permite estar alerta más allá de juicios y prejuicios, abrir los sentidos, separa que perciban mejor, esclarecer la mente y vivir conectados con la presencia de lo que es, fuera y dentro de nosotros. La atención es como una flecha con dos puntas, una apunta hacia afuera (capta lo exterior) y otra hacia adentro (percibe lo interior). NO es fácil desarrollar esta doble atención, pero es custión de entrenamiento. Se cultiva la atención mental pura mediante la práctica de la meditación y luego estando atento a las tres puertas de acción: lo que pensamos, lo que decimos y lo que hacemos. Para ello se requiere la autovigilancia y ya declaraba Buda:

"Si te estimas en mucho, vigílate bien"

Mediente el trabajo asiduo y metódico sobre la atención, vamos tomando más intensa y lúcida consciencia de todo lo exterior, pronunciando nuestra capacidad de percibir y conocer, pero también de percibirnos y sernos. Se va desarrollando la consciencia de lo exterior, la consciencia o presencia de sí y la consciencia de ser y serse.

miércoles, 12 de marzo de 2014

Efectos de las músicas primitivas sobre el cerebro


Los investigadores han detectado que los ritmos sordos o hiperagudos y repetitivos, que se escuchan en las músicas folclóricas (flamenco, danzas de los campesinos bretones, música zíngara, danzas eslavas…) o tribales (salsa, samba, tam-tam africano…) actúan sobre el hipotálamo, que segrega endorfinas que nos sumergen en un estado de enajenación.

Estos ritmos tienen un efecto hipnótico muy conocido, y no es casualidad que sean las poblaciones más pobres, las que sufren más, las que hayan desarrollado las músicas más ensordecedoras. Éstas dan ganas de saltar, de dar vueltas sobre uno mismo y de bailar durante horas, lo que provoca de inmediato una impresión de alegría e incluso de euforia. 

 


Aquél que escucha esta música tiene primero la impresión de evadirse. En el estadio siguiente, se siente cada vez más fuera de sí y se vuelve capaz de actos que jamás habría osado cometer en condiciones normales. La música tribal, que es la más fuerte, se reintrodujo en la civilización occidental con el rock'n roll de Elvis Presley, quien reprodujo ritmos africanos que había oído en el sur de Estados Unidos, lo que explica en parte la histeria colectiva que provocaba en la juventud bien educada, que jamás antes había vivido esas sensaciones. Elvis Presley fue rápidamente seguido por otros que aprovecharon el filón (y acumularon fortunas increíbles), entre ellos los Beatles, los Rolling Stones o los grupos de hard-rock, seguidos en la década de 1980 por la música house y, por último, el rap, el techno y todas las músicas electrónicas nuevas basadas en ritmos repetitivos.

El problema es que quien se sumerge en esta música, si bien tiene primero una sensación a veces extraordinaria de pasárselo “de miedo”, sólo alcanza esa sensación de alegría porque su cerebro desconecta de la realidad.

Consumidas con moderación, ayudan a crear un ambiente festivo, lo que está muy bien. Pero en dosis altas pueden llegar a deprimir cuando, por ejemplo, al abandonar la multitud de la discoteca, la música se detiene y la persona se vuelve a enfrentar cara a cara con sus problemas, que entonces le pueden parecer más desesperantes que nunca.

Según una prueba del profesor Tomkins para ver la influencia de la música en el crecimiento de plantas de maíz, calabacines y caléndulas, éste constató que la música rock provocaba al principio, o bien un crecimiento desmedido con la aparición de hojas excesivamente pequeñas, o bien una interrupción de este crecimiento. En un espacio de quince días, todas estas caléndulas habían muerto, mientras que otras, que habían sido acunadas con música clásica, florecían de manera armoniosa a dos metros de las anteriores. (1)

La música concebida para olvidar, insensibilizar, provocar un estado de trance, o incluso para incitar a la desesperación, al nihilismo o al suicidio, no es un invento reciente. Pero la presencia generalizada de equipos de música (en los coches primero y luego en los teléfonos móviles) ha hecho que estos tipos de música se extiendan como nunca. Y que se consuman de un modo masivo entre la población.

Por eso, siempre me siento incómodo cuando veo a alguien escuchando con los auriculares música rítmica de base repetitiva a un volumen muy alto. Si le preguntas, te dirá, evidentemente, que esa música le gusta, y es cierto que ésa es la sensación que causa: como una droga suave, la música ayuda a escapar de la realidad y parece hacer la vida más llevadera. Incluso a los deportistas les puede ayudar a superarse. 


Pero en la vida de una persona lo cierto es que esto se traduce en una disminución de su voluntad y de su energía. Los desastres personales (la droga, el alcohol, el suicidio, la violencia) que conocen muchos rockeros no son casualidad, sino una consecuencia directa de los efectos de su música sobre ellos mismos (y es que quien la toca la sufre todavía más que quien la escucha).

Por suerte, el poder “mágico” de la música se puede ejercer también, y de modo todavía más fuerte, en un sentido positivo: suscitar buenos sentimientos, tranquilizar, volver más feliz e incluso instruir y hacer descubrir nuevas facetas de la vida y el universo. La música puede llegar a permitir el redescubrimiento de la belleza e incluso el sentido de la existencia.


Música positiva

Antes explicaba que el ser humano aprendió a combinar cada vez mejor ritmo, melodía, armonía, matices y timbres para producir los efectos más variados sobre su público y sobre sí mismo. La música clásica occidental es la que más lejos ha llegado, al ser capaz de sugerir todos los matices de la alegría, la tristeza, el amor y el odio, así como la esperanza y la desesperanza.

La música clásica también es capaz de hacernos descubrir universos que no conocíamos. Al escuchar los coros militares o las trompetas celebrar la victoria en “Aída”, de Verdi, podemos descubrir en nosotros una voluntad, un entusiasmo, un arrojo físico que no sospechábamos tener.

Al escuchar una cantata de Johann Sebastian Bach, podemos sentir una compasión y un amor por la humanidad afligida que creíamos ser incapaces de tener.

Al escuchar una sonata de Schubert, entendemos verdaderamente con qué violencia y dolor podemos enamorarnos.

Con las sinfonías de Gustav Malher nos sentimos preparados para partir a la conquista del espacio (el autor de la música de “La Guerra de las Galaxias”, John Williams, se inspiró directamente en ellas).

Y podría continuar así con todo el abanico de sentimientos que podemos mostrar en la vida: el orgullo, el miedo, la vergüenza, la exaltación, la admiración... Muchísimos tipos de música moderna y actual transmiten también emociones inmensas.

Nos permiten, fuera de cualquier estímulo real, sentir exactamente lo mismo que un campeón olímpico que acaba de ganar una medalla de oro, un explorador que parte a la conquista de los océanos, una madre que ha perdido a su hijo, un prisionero en una mina de sal, un exiliado que añora su país, y mucho más.

Viajar en el tiempo y en el espacio

La música es la máquina más formidable para viajar en el tiempo y en el espacio.

¿Quiere saber qué sentían los esclavos en las plantaciones de Estados Unidos? Escuche los blues que compusieron. De este modo, será testigo de la más directa expresión de su tristeza y de su sufrimiento, más que viendo cualquier documental, leyendo una novela o escuchando un testimonio.

¿Se pregunta cuál era exactamente el estado de ánimo del público en una fiesta de la corte del rey Luis XIV? Escuche a Lully o a Couperin.

¿Asistir al entierro de una reina en la Inglaterra del siglo XVII? Escuche las elegías para el funeral de la reina María de Purcell.

¿Participar en una boda tradicional marroquí? Escuche una melodía de raï y se sumergirá en la fiesta como si estuviera allí.

Más que las fotografías, los cuadros o las historias, la música es verdaderamente el vehículo de conocimiento que permite descubrir el mundo en su mayor riqueza, incluso cuando estamos enfermos, nos sentimos deprimidos, no tenemos dinero para viajar o ignoramos la historia o la geografía de esos lugares.

De hecho, para desplegar sus efectos, la música no necesita razonamientos ni explicaciones: activa directamente en el cerebro los circuitos que estaban mal diseñados o que hacía tiempo que no eran estimulados. Puede incluso crear cosas nuevas y, por lo tanto, es un medio eficaz para instruirse. Resucita recuerdos lejanos, nos hace descubrir nuevos paisajes, nos revela nuevos horizontes y una intensidad de sentimientos que ignorábamos.

Por eso he empezado por decir que la música tiene el poder increíble de devolver el sentido a nuestra vida. Gracias a ella, redescubrimos por qué vivimos: porque percibimos directamente la belleza y la intensidad de nuestra existencia, por mucho que a menudo ésta sea desoladora. La música, sencillamente, nos permite vivir, o devolvernos la vida si estaba a punto de irse.

“Dime qué música escuchas y te diré quién eres o, más bien, a dónde perteneces”, afirmaba la gran pianista Elizabeth Sombart. (2)

Al encontrar un propósito y un sentido en la vida, nuestro espíritu y nuestro cuerpo vuelven a funcionar. En definitiva, esto va mucho más allá de la “simple” cura de una enfermedad, aunque dicho efecto sea ya de por sí formidable.

Conclusión

Como en todos los aspectos importantes de la existencia, usted y solo usted es quien escoge qué música va a escuchar y, por lo tanto, en qué estado psíquico y físico se va a encontrar.

Pero encuentro muy reconfortante saber que hay, hoy en día, unos medios extraordinarios para escuchar música y, con un sólo clic, tenemos a nuestro alcance tantas canciones bonitas que no basta con una vida para escucharlas todas.

jueves, 9 de enero de 2014

El Miedo y el Dolor

¿Vencemos a los miedos o los disfrazamos con múltiples caras para no verlos, para disimular?

Quien dice que ha vencido a los miedos, no admite la verdad. Los miedos no pueden vencerse. Los miedos han de ser comprendidos. Cada vez que un miedo surge, una puerta a lo real se está abriendo en nosotros. Esa puerta es una abertura hacia una dimensión desconocida y sin explorar de nosotros que hemis de transitar. Cada tránsito es único y solo pertenece a aquel que lo ha de recorrer. Por tanto el miedo no es algo superable de modo general sino que ha de ser explorado y comprendido en cada caso que se presenta.

Los miedos forman parte del ser humano y acaso, ¿el ser humano es algo que ha de ser vencido?

Corremos un tupido velo cuando sufrimos y no queremos permanecer en este estado demasiado tiempo. Pensamos que permanecer en él es destructivo. Nuestra mente construye todo tipo de alternativas para sacarnos de ese atolladero y vender la circunstancia que nos ha traído hasta ese reducto de infelicidad y desconsuelo. Tenemos miedo del dolor, lo vemos como algo a superar, algo a vencer, algo a esquivar. Podemos pasarnos la vida huyendo del dolor que es en realidad huir de la vida y de nosotros. ¿Acaso podemos hacer eso, huir de nosotros? Parece algo contradictorio y dificil de lograr.

Ni el ser humano ha de ser vencido ni podemos huir de nosotros mismos. Sólo nos queda reconocer y darnos cuenta al fin, de que esos argumentos son erróneos, eseos escapes o esas salidas que construimos no son salidas en realidad sino malos enfoques, malos entendidos, visiones erróneas de un paisaje que no conocemos: nosotros mismos, nosotros como seres humanos.

Darnos cuenta de esta realidad ya es un paso importante. Ahora hemos de seguir adelante y hemos de profundizar dentro de este manantial de información, de esta dimensión desconocida que somos, a fin de comprender qué son en realidad esos sufrimientos de los que huimos, de los que tenemos miedo.

Si el miedo y el sufrimiento forman parte de la naturaleza humana, no se puede huir de ellos. Por tanto hemos de concluir que tal vez no estamos comprendiendo el mecanismo de la vida, no comprendemos como funcionamos, no hemos comprendido nuestra raíz, nuestra esencia.

El dolor, la adversidad y el miedo, no son situaciones que nos han de resultar ajenas, de las hemos de huir. Son situaciones que hemos de comprender qué significian en cada momento de nuestra vida que se presentan. No son situaciones a superar de un modo definitivo, son situaciones a vislumbrar su sentido profundo cada vez que suceden. Y hemos de comprender que son puertas hacia nosotros, puertas que nos ayudan a profundizar y a comprendernos; son eslabones importantes que necesitamos para llegar a nuestra esencia, a la fuente que nos ha unido, a la fuente que nos ha creado y que nos ha traído hasta donde estamos parados.

Nos confundimos terriblemente con el sufrimiento y nos creemos eso al igual que nos confundimos con el dolor y nos creemos eso. Por eso es sólo un gran simbolo. Detrás de ese dolor aparecente y de ese miedo se encuentra el mensaje que hemos de hallar y ese camino es algo que hemos de recorrer cada cual.

Cojamos un miedo, cualquiera que tengamos olvidado y guardado. Mirémoslo real y profunddamente y no huyamos, no hagamos conjeturas, no nos parelicemos por él, simplemente hagámonos amigod de él. Es en ese instante cuando estaremos en condiciones de comenzar a conocernos, a vernos que es en realidad el sentido que ese acertijo de la vida nos está trayendo. Vislumbrar el acertijo no es fácil, hemos de permanecer el tiempo suficiente en la indagacióln de ese temor o de ese sufrimiento, como para poder extraer algún resultado.

¿Y cuál es el resultado que obtendremos? ¿Cómo sabemos que estamos sintonizando con esa verdad profunda que se encuentra detrás de esa apariencia cruel de la realidad? Porque avistaremos algo de nosotros, una sustancia última que nos trae una noticias de algo que no conocíamos previamente, algo que nos ayuda, que nos impulsa, que nos da aliento, que no separa, que nojzga, que no se duele. Llegaraemos a una veraad profunda de nosotros que no admite desmentidos, es una gran claridad. Se produce un proceso de descubrimiento, de darse cuenta de algo único, imperceptible anteriormente, que nos devuelve la paz, la claridad y nos libera del sufrimiento, de las ataduras, de los rencorres, del dolor. Nos distancia de él para darnos la mano, para que transitemos en un sentido claro y limpio, en un nuevo sendero.

Hemos de darnos la oprtunidad de vislumbrar esta dimensión. No nos quedemos con la anécdota. No huyamos a la primera de cambio, no nos espantemos de lo que somos, de lo que albergamos en nuestro interior. El dolor y el miedo están dentro de nosotros, forman parte de la vida, no podemos separarnos de ellos. Hasta ahora hemos huído y sólo nos hemos cobijado circunstancialmente y consolado temporalmente. Esto nos da la pauta de que estamos divisando este panorama de un modo real, pues todo lo que es real ataca desde el fondo y desde adentro, y ya no se duele con la adversidad sino que simplemente cambia su color, cambia su estado y sigue inmutable y permanente. Así hemos de obrar, así hemos de ver todo lo que albergamos. No nos espantemos de nosotros. Hemos de comprendernos de un modo nuevo. Eso es todo.