Sin embargo, a fuerza de prestar atención a esas discusiones, creo que hay una idea que sin duda merece ser transmitida por encima de todas las demás: una buena alimentación es aquella que es buena tanto para el cuerpo como para la mente.
Si la dieta que está siguiendo le hace sufrir, mental o físicamente, va por mal camino.
Su objetivo debe ser conseguir sentirse bien después de cada comida. Si se encuentra hinchado, ligeramente empachado, con principio de dolor de cabeza o con muchas ganas de dormir, probablemente no haya comido como debía.
A la inversa, si al terminar de comer está aún muerto de hambre y de mal humor, tampoco es buena señal.
Y finalmente, si una hora después de comer vuelve a tener hambre, nos encontramos ante otro problema. Por lo general debería estar haciendo la digestión y el hígado estar trabajando. Comiendo lo correcto no hay razón para que su cuerpo le reclame comida de nuevo tan pronto.
En resumen, como pasa con cualquier tipo de placer, al sentarnos a la mesa nuestro objetivo no debe ser sólo la satisfacción mientras dura la comida. Elija alimentos que le gusten y que satisfagan su apetito sin atascar el sistema digestivo, ni dejarlo a punto de reventar.
No es tan difícil.
El cuerpo sabe lo que es bueno para él
No deberíamos darle muchas vueltas. Nuestro cuerpo sabe de sobra lo que le sienta bien y lo que no. Sabe perfectamente que, cuando tenemos hambre, nos abalanzaríamos sobre una bolsa de patatas fritas y no dejaríamos ni una… pero también sabe que cuando nos la hemos terminado nos queda una sensación desagradable (una mezcla de “he comido demasiadas” y de “me comería otra bolsa”). Y por supuesto sabe que, por mucho que le gusten las patatas fritas, sería impensable alimentarse sólo de ellas.Y lo mismo pasa con todos aquellos alimentos ante los que caemos rendidos, desde barritas de chocolate a pizzas y hamburguesas. La sensación de “placer” al ingerir el alimento es rápidamente reemplazada por una sensación de hastío cuando ya lo hemos comido.
El cuerpo nos está lanzando señales extremadamente claras de que no aprecia el capricho que le damos.
En teoría, el problema de la alimentación se podría solucionar entonces fácilmente: bastaría con buscar sentirnos lo mejor posible al terminar de comer, y seleccionar los alimentos en consecuencia.
Sin embargo, nuestra respuesta “natural” ante la alimentación ya no es tan natural y no podemos fiarnos de ella.
